domingo, 19 de diciembre de 2010

¿Hay conflicto entre elecciones cardinales y ordinales? Reflexiones...

Usted no tiene que estar de acuerdo con esto, pues se trata de “reflexiones” en proceso de discutirse en vez de predicarse. De modo que su opinión es bienvenida. Recordemos que la profundidad de la escuela austriaca tiene mucho que ver con la aplicación del marginalismo a nuevos campos de la acción humana.  

¿Es el preferir más que menos de un bien, opuesto a las elecciones hechas al margen? La preferencia de algo en mayor cantidad ¿no sugiere que al ocuparnos de ello en demasía, perdamos la posibilidad de elegir en el tiempo y espacio, otras cosas al margen? En el caso de preferir solo la riqueza, o solo unidades extras de un único bien, lo primero (preferir mas) se confirma y lo segundo (elegir) se relativiza. ¿Por qué?

Si la elección al margen “representa” la libertad del ser humano ¿por qué no sucede al revés? ¿No debería la elección al margen ser más importante que la propensión a tener más de un sólo bien? ¿No implican, entonces, algunas preferencias una suerte de pérdida de la capacidad de elegir y perdida del ejercicio de la libertad por mano propia? O sea, ¿no es el costo de oportunidad tan alto a veces que la práctica de la libertad se pone en riesgo? Si esta particular “práctica” de nuestra libertad derrota por mano propia el ejercicio de la libertad, ¿no hay en nuestra visión utilitarista una dimensión moral que debe ser planteada?  

Admitimos que el problema no es económico, pero tampoco es solamente moral por la repercusión que tiene sobre el ser humano. Por ejemplo, la producción de drogas es un problema económico; consumirlas es un problema moral. Pero aquí hemos escogido fijarnos en la posible interface de estos dos problemas. Nótese que a lo largo de estas líneas no hablamos de perder la libertad a manos de un tercero, sino de algo más sutil, de la pérdida del ejercicio o práctica de la libertad por mano propia. Técnicamente seguimos siendo libres, pero prácticamente  hemos perdido la capacidad de elegir, lo hemos logrado ¡por propia elección!

¿No habría que elaborar sobre cómo se derrota el marginalismo cuando las preferencias reducen la acción humana a mera respuesta reflejo para conseguir un solo bien? A la inversa, ¿no se vitaliza la elección al margen cuando la acción humana diversifica la preferencias ordinal proyectándola a diversos campos? ¿No hay aquí una veta para explorar la aplicación rigurosa del marginalismo a la moral y a la espiritualidad, precisamente en aras de preservar el ejercicio de la libertad del ser humano? 

La preferencia cuantitativa de más que menos y la preferencia ordinal de diversidad de bienes ¿no se rosan en conflicto, un conflicto que no es solo moral o solo económico sino fundamentalmente humano?

¿No esta precisamente la moral del mercado en ver al ser humano como fin y no como medio? ¿No incluye esa visión relativizar los medios y los fines que no son congruentes con lo que preserva el ejercicio de la libertad del ser humano? ¿Tiene valor luchar por la libertad conculcada por la coacción arbitraria de un tercero, sin luchar por advertir al hombre que por mano propia puede darse la pérdida del ejercicio de esa libertad? ¿No hay aquí de nuevo una interfase que explora la relación del marginalismo, la economía, con la moral y la espiritualidad, en aras de preservar el ejercicio de la libertad del ser humano?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Los omniscientes, primera parte. Dr. Manuel Ayau

El 10 de agosto de 1968, el Dr. Manuel Ayau escribió en su columna de "Prensa Libre" el artículo "Los Omniscientes" que aqui reproducimos en dos partes: "Los omniscientes" y "Cómo reconocer a un petit dictateur."  La pertinencia con el caso de Guatemala salta a la vista.

Hace casi doscientos años, el moralista escocés, posteriormente reconocido además como el padre de la ciencia económica, Adam Smith, advirtió:

El político que tratase de dirigir a los hombres en el modo como deben emplear sus capitales, no sólo se car­garía a si mismo con una función totalmente innecesa­ria, sino que asumiría una autoridad que no puede ser confiada con seguridad a nin­gún consejo ni senado, y que en ninguna parte sería tan peligrosa como en las ma­nos de un hombre que tuvie­se la locura y la presunción suficientes para imaginar que era capaz de ejercerla.

Es obvio que todo aquel que está en contra de la libertad de producir, servir, consumir, o in­vertir cada quien su patrimonio sin coerción ni privilegios, es de­cir, en contra de la economía li­bre de mercado supone previa­mente la posibilidad de la omnis­ciencia por parte del que dirigi­rá o guiará a los hombres para que no puedan hacer lo que libre­mente escogerían hacer, o bien, para que se vean obligados a ha­cer lo que libremente no hubie­sen escogido hacer.

El que está a favor de la li­bertad no trata de imponer coer­citivamente su criterio a los ac­tos de los demás. El que defien­de la libertad basa su postura en la premisa que los demás sabrán escoger cómo disponer de su pa­trimonio, qué hacer y qué no ha­cer, y que el deber del estado es proteger los derechos de libre, honrada y pacífica disposición de patrimonio, tiempo, talento o energías, y nunca la de asumir postura paternalista so pretexto que los hombres no sabrán en­cauzar sus decisiones hacia su propio mejoramiento, vale decir, el de la sociedad.

En una sociedad libre, sin em­bargo, el dirigente tiene como único instrumento la persuasión pacifica y será seguido mientras y en tanto su dirección sea vo­luntariamente aceptada por sus conciudadanos.

La postura paternalista nece­sariamente se basa en la presun­ción de incompetencia de los de­más y la superioridad de motiva­ciones y juicios por parte del proponente, quien, si no forma parte del gobierno, se identifica con él al hacer sus recomenda­ciones.

Tal postura es, obviamente, la típica actitud de un gobierno dic­tatorial de izquierda o derecha, o de cualquier acto aislado de ca­rácter dictatorial. Las dictadu­ras siempre presuponen tal cua­si-omnisciencia para justificar la omnipotencia.

Y claro, tal postura no necesa­riamente se circunscribe a indi­viduos o grupos oligárquicos. Una mayoría también, por mayoría de votos, puede destruir o anu­lar todos los derechos de la mi­noría, cuando pragmáticamente sostiene que la mayoría «manda» sin limitaciones.

Aquel que pretende sustituir con sus propios 'juicios valorativos, el juicio de sus conciudadanos, y no tiene inhibiciones para utilizar el poder coercitivo del gobierno para imponer su crite­rio, es un dictador en cuanto a tal acto concierne, y por lo tan­to lejos de estar contribuyendo al progreso de la sociedad, aun­que tenga éxito su gestión, ha­brá contribuido en forma consi­derable a regresar a épocas pa­sadas, cuando todavía no se había reconocido el valor que para la sociedad tiene, el respeto al derecho individual del hombre.

La presunción de omnisciencia es muy común y toma muchas formas; y atrás de cada «omnis­ciente» se esconde un « petit dic­tateur». (Cuentan las malas len­guas que durante la reciente cri­sis francesa, el omnisciente Char­les de Gaulle, solo y ante la ima­gen del Sagrado Corazón, se di­rigió solemnemente a ella y le dijo: ¡Sagrado Corazón, ten confianza en mí!»).

sábado, 20 de noviembre de 2010

Los malos efectos de lo cuantitativo

En el facebook de un buen amigo, alguien escribía quejándose de que la Escuela Austriaca al acentuar la accion individual, hace imposible que pueda reducirse a un modelo matemático. Es que la acción individual por ser tan multiforme y variada es imposible de medir, de donde, dada la imposiblidad del cálculo, las acciones libres no pueden reducirse a un modelo matematico único, rígido e inflexible, que pretenda ser la receta del desarrollo. En todo caso, la receta del desarrollo es precisamente la acción individual, libre, multiforme y polipotencial.

Suponer que lo cuantitativo (la sumatoria de preferencias) es mas importante que lo ordinal (la naturaleza cambiante e inmensurable de tales preferencias) y que esos agregados son ademas la única manera de concebir un modelo de desarrollo, es un error. Tal supuesto, inevitablemente conduce a la idea de que sólo lo que el Estado define como desarrollo es autenticamente crecimiento: educacion, salud, vivienda etc. Las sociedades que han aceptado esa imposición han languidecido por décadas en esclavitud a manos de elites políticas modernas.
  
Yo no creo que existan recetas para facilitar el crecimiento económico. Sobre todo si lo que ¨conocemos¨ como crecimiento económico por ahora solo se explica por medio de cuentas agregadas, balanza comercial positiva, créditos inflacionarios y cosas por el estilo. En efecto, ese "crecimiento" económico no tiene sentido por los malos resultados que produce.

Preferir los mecanismos que permiten crear un modelo cuantificable, es como unir con una línea imaginaria las estrellas, y creer que con eso las hemos abarcado a todas. Esa visión tarde o temprano conduce al gobierno a controlar aquello que se puede calcular y a alterar lo que se debe preferir. Entonces si habrá un modelo matemático pero será útil sólo para los que gobiernan y les servirá, principalmente, para aumentar sus expectativas de control sobre la población y para explicar mejor la ausencia de libertad en la sociedad.  

El desarrollo no se logra por diseño ni por legislacion alguna. El bienestar es lo que se logra cuando se protege a la persona, la libertad, la propiedad y los contratos. 

martes, 16 de noviembre de 2010

Psicología jurídica I

  1. La psicología jurídica entendida como el comportamiento de los actores jurídicos en el ámbito del derecho, la ley y la justicia, nos explica como se generan en la sociedad los incentivos perversos, se condicionan respuestas “busca rentas”, emerge la anomía, suceden la perdida de la libertad, la crisis de irresponsabilidad y el abuso al derecho ajeno, a partir de la juridicidad misma.
  2. En sociedades en donde la protección a la persona humana existe en “teoría” pero la justicia no funciona para hacerla efectiva (pocos órganos jurisdiccionales por habitante, frivolidad de los amparos y falta de independencia política y financiera de la justicia), los ciudadanos aprenden que pueden delinquir sin responder a la justicia. Cuando esa información permea a los individuos, los niveles de irresponsabilidad se traducen a violencia, diversas formas de abuso y delincuencia creciente, a partir del tejido familiar mismo.
  3. Si el derecho en la sociedad se concibe como el perfeccionamiento de la sociedad por medio de leyes, la respuesta de la persona será reconocer la tutela del legislador y a éste como el creador de la justicia y la equidad. Acudir al legislador para resolver problemas particulares que no requieren de leyes sino de creatividad será cosa común por parte de las personas, lo cual solo paralizará la solución de esos problemas. Si el derecho en la sociedad consiste en proteger a la persona de los abusos, su función será supletoria y menos directiva.
  4. Si la ley se promulga para generar favores, a unos porque tienen dinero, a otros porque tienen poder político y a otros porque no tienen ni lo uno ni lo otro, el papel tutelar del legislador se explicitará y el papel del Estado como botín político se traducirá a comportamientos busca rentas y a irresponsabilidad para proveer para el sustento propio. Las masas de asalariados que además votan tendrán frente al gobierno la misma actitud que tienen frente al empleador, como el obligado a proveer para mi sustento. Si las leyes son generales, abstractas y sin dedicatoria, solo podrán usarse de manera institucional, para fortalecer y agilizar la administración pública.
  5. El incentivo mas perverso que tiene una sociedad es aprender que la obligación moral es optativa. En donde la familia, la iglesia y el derecho se conjugan para comunicar que existe un divorcio entre el ideal político y el respeto al derecho ajeno, a la libertad, a la propiedad y a la vida, no se ha hecho otra cosa sino lanzar todo sentido de deber y de obligación moral a un pozo ciego. Si no hay justicia pronta y cumplida todo se corroe y se deterioran aun las zonas mas profundas de nuestro ser.
  6. La separación que se hace entre el ideal político abstracto y la protección del ser humano debe terminar y el responsable de hacerlo es el derecho. El denominador común  entre lo político y lo jurídico es la persona humana. A tribunales asisten sociedades solo metafóricamente (personas jurídicas), en la realidad cotidiana se trata de personas reales (aun detrás de las jurídicas) que buscan protegerse del abuso de terceros. 
  7. Un consenso del derecho, de la ley y de la justicia así como de la psicología debería ser identificar, denunciar y evitar los incentivos perversos, las políticas busca rentas, la anomía y la irresponsabilidad generada por la mala practica legislativa, jurídica y judicial.
  8. La visión clara interdisciplinaria de la Psicología y el Derecho debería reconocer que estas patologías legislativas, jurídicas y judiciales, producen no solo malos resultados económicos  como la pobreza; políticos sociales como la rebelión; sino también enfermedad mental, como la irresponsabilidad y el irrespeto al derecho ajeno, que tienen características epidémicas.
  9. El sistema en el cual vivimos no solo empobrece sino también enferma precisamente por no producir compromisos personales con la verdad, la justicia y el deber. Esa ausencia de obligación moral se traduce a ausencia de motivación y de sueños para crecer. No somos pobres por falta de educación, lo somos por falta de libertad para soñar.
  10. De donde, la reforma del sistema jurídico por medios políticos no es una tarea para una clase política que busca estabilidad política. Es la tarea de todos los que buscamos la estabilidad emocional personal. La agenda de reforma es mínima, hacer valer la protección a la persona, separar el derecho administrativo del derecho privado y reformar profundamente el organismo judicial. P. T. Bauer solía decir que para cambiar a un país solo necesitamos transforma sus instituciones y las actitudes de su gente. De eso estamos hablando aquí.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Psicología jurídica II

1.     El origen de la propuesta que intenta integrar la psicología con el derecho es posterior a una integración que le precede: integrar el papel del conocimiento contextual, de la evolución institucional y del orden espontaneo de la sociedad como punto de partida del derecho y de la salud mental del ser humano.
2.       Epístemologicamente, el conocimiento disperso en la sociedad no permite anticipar los resultados de planificación en gran escala del orden social, por lo tanto, el único orden social que es posible construir es aquel producto del reconocimiento de nuestra ignorancia. Sin embargo, la mente humana es producto del individuo que crece y aprende no solo personalmente sino generacionalmente.
3.       La conciencia de que la violencia es señal de irracionalidad, que el irrespeto al prójimo produce injusticia, que la ausencia de justicia frustra al ser humano y que la bondad en los actos es deseable, esta a la base tanto de la salud mental como del Estado de Derecho.
4.       Tanto la internalización de las normas, como la aceptación de las instituciones, el asentimiento a los derechos del otro y la admisión de la responsabilidad que nace de todo ello, están situados en diferentes niveles de arraigo afectivo. 
5.       El objetivo de las normas es crear las mas universales reglas de justicia que en el marco de las limitaciones epistemológicas consisten en proveer al sujeto de la mayor libertad posible,  deduciéndole, ante la infracción la mayor responsabilidad factible, permitiéndole la mayor posibilidad para que corrija, por si mismo, el curso de su acciones poco exitosas.
6.       El papel de las normas en la sociedad solo puede ser aceptado si tiene como resultado producir libertad y responsabilidad, a partir del respeto al derecho ajeno. La norma que falla en este aspecto termina en tiranía opresiva o en actuar permisivo, abonando el suelo en el que el ser humano es víctima de sus semejantes.
7.       El mundo que percibimos no es diferente al mundo que las ciencias logran describir al punto que la mente es el producto de este doble hecho histórico, el aprendizaje y cierta comprensión que de la realidad tiene cada quien. Pero el concepto ordenado del mundo es mas producto de la mente que característica intrínseca del mundo, como resultado del mejor orden que la mente logra concebir para la realidad, que a su vez, servirá como base para su actuar.
8.       Comprensiones y sus conjuntos, cuyos resultados no logran guiar exitosamente la acción del hombre, por no corresponder al mundo real, evitarán, por medio del fracaso mismo, que persistan en error aquellos que están siendo guiados por percepciones y clasificaciones equivocadas de los hechos.
9.       La psicología y el derecho deberían coincidir en ciertos puntos básicos: a. que el ser humano se atiene a ciertas disposiciones y expectativas del mundo (teorías); b. Conjeturamos que lo que sabemos es lo que sucederá basados en la experiencia, asumiendo un orden sensorial; c. Nuestras conjeturas, en algunos casos, serán inadecuadas, explicando por qué existe el error y se requiere probar de nuevo para aprender; d. La justicia o salud plena de una acción o sus orígenes no pueden ser articulados con exactitud, pero su injusticia o patología si puede hacerse evidente. 
10. La salud mental, como las reglas, no pueden concebirse como ejercicios en abstracto, son producto del contexto socio-familiar, del ejemplo, de la prueba-error y de atenerse certeramente a las consecuencias y malos resultados del actuar irresponsable. Sin el castigo certero no hay aprendizaje, ni hay respeto por el ser humano, ni orden social pacífico. 

miércoles, 29 de septiembre de 2010

¿Es posible una filosofía de la responsabilidad humana? Una invitación a dialogar

Introducción
Es esta una pregunta que puede responderse posmodernamente, diciendo, a secas, si, hoy hacemos filosofía de cualquier cosa que queramos y fin de la historia. Pero más que admitir en diez cuartillas una respuesta positiva, nos interesa con seriedad discutir la responsabilidad en tanto que idea filosófica.

La cuestión es ¿a quién le importa nuestra respuesta? ¿Después de todo, no está la fuerza de una idea en su vitalísima proyección en la praxis? ¿Para qué molestarnos con disquisiciones, si hoy, más que la responsabilidad, esta de moda la libertad?  Y ella, sujeta a la poderosa razón individual, ¿no es ese el nervio de toda realidad y toda modernidad? ¿Es necesario hablar de responsabilidad en singular cuando todos están conscientes de responsabilidades en plural?

Las crisis del presente sugieren que no todo está claro para el hombre de hoy. La filosofía tampoco está dispuesta a conceder que las respuestas ya están dadas y que ha llegado la hora, al final del día, en que apagamos las luces del taller filosófico, aseguramos la puerta y nos declaramos en retiro, cerramos para no volver mañana. Al contrario, en filosofía se enuncia una crisis en la subjetividad.

Las preguntas hermenéuticas siguen abiertas y el neokantismo, que con Dilthey distinguió entre las ciencias del espíritu y ciencias naturales, nos recuerda que en materia de responsabilidad estamos frente a la “ciencia” de los “actos del espíritu”: acts y no facts. ¿Cuál es la motivación para actuar? ¿En qué se fundamenta la regularidad de esa motivación? ¿Reside esta motivación en la permanencia absoluta del espíritu humano frente a la relatividad de la naturaleza?

Las respuestas que se ofrezcan son determinantes para la filosofía. Señala Husserl que la perdida de rigor en la filosofía determina la perdida de espacio de lo humano frente al paradigma naturalista de las ciencias. De esa crisis, a las tragedias humanas de la guerra, la destrucción de la vida en todas sus formas, --especialmente humana-- y la perdida del sentido en el mundo moderno, no hay sino un pequeño paso.

Juzgamos que no se ha de saltar tan aprisa a conclusiones propias de la fatal arrogancia “científica”. Esa actitud es la punta del “iceberg” de conceptos que hoy tienen acaparado el mercado de las ideas, los cuales están llevando al hombre, cada día, a otra conclusión…  su propia conclusión, enfermedad terminal que consume al ser humano biológicamente, culturalmente y socialmente. Dicho sin rodeos, muerte, devaluación de la persona y pobreza, homo homini lupus, un andar de vuelta a la visión naturalista de Tomas Hobbes. Tanto en una como en otra dirección, se desvela el núcleo duro de la crisis en el terreno del saber: la pérdida de su origen subjetivo.

En este trabajo nos proponemos sugerir la viabilidad de una filosofía de la responsabilidad humana. Primero rastreando la anticipación del precedente, es decir, averiguando cómo y hasta dónde, otros ayer se ocuparon de la idea. Luego, proponemos qué supone ocuparse de esta idea en nuestro medio. Sugeriremos que la idea de “las responsabilidades en plural” es indiscutible. Coexisten las responsabilidades con grandes criterios que niegan la responsabilidad en singular. Sugeriremos que esto último espera un desarrollo formal, a lo cual este trabajo es una invitación.

Antecedentes

Verantworten, “ser responsable”,  es una idea de larga data en la historia del pensamiento, más entre los judíos que entre los griegos. Helenos y romanos cultivaban graves responsabilidades civiles, sociales y aun religiosas, sin elaborar una filosofía sobre el tema. Sin embargo, no cabe duda que fueron los cristianos quienes más giros y vuelo le han dado al concepto, hablando más de responsabilidades, en plural, que de “la responsabilidad”.

Emanuel Kant (1724-1804), un hijo que, a su manera, mostróse reverente hacia la trascendencia, tiene todo un desarrollo valiosísimo sobre esta idea. La reflexión madura y reposada sobre su pensamiento es, tarde o temprano, referencia inevitable para toda persona que quiera tomar la responsabilidad humana en serio. Se inscribe en el voluntarismo, idea antigua, según la cual, la acción se califica con base en una Ley que define lo moralmente bueno y lo moralmente malo. Tal ley se justifica por si misma sin admitir ninguna fundamentación ulterior.

Presente, a veces como logos, a veces como acción, no siempre incrustada en la filosofía, ha estado en el pasado la responsabilidad, ligada a dispares padrinos. Háyase por momentos, vinculada al cristianismo y, en otros casos, unida a la autonomía del hombre a partir de su “ilustración”. De esta última veta, ha surgido la idea de una responsabilidad “deista”, ligada al autogobierno kanteano, que llega a Dios por la ética; y la del hombre que es un “arroyo de fuego” (Ludwig Feuerbach), cuando denuncia la culpa corporativa de todo mortal, la de ser el autor anónimo de la idea de Dios. Quiso él con esta acusación, desalojar, de una buena vez, al principal habitante del cielo.

¡Responsabilidad! se ha proclamado también en nombre de aquel que declaró su mayoría de edad y reveló, para los enlutados del nuevo siglo XX, que fue el (Federico Nietzsche), y no otro, el causante de la “muerte de Dios”. El precio por asaltar a la trascendencia y botarla del mundo de las ideas, fue haber contraído la obligación de sostener el mundo con sus hombros. El hombre ha terminado esculpiendo su propio rostro en el firmamento y si la pugna entre hombres era detestable, más pernicioso se nos torna hoy el duelo entre dioses.

Desde la óptica de enfrente, sospechando una mejor panorámica, otros se resistieron a pensar que el destino del hombre sea muerte, devaluación de la persona y violencia, homo homini lupus. Son una constelación de filósofos que, desde la trascendencia, se adueñaron de la responsabilidad frente al prójimo, la sexualidad, la creación y el mundo en general, e insistieron en llamarse guardianes de un mejor pensamiento y de la nada despreciable tradición que nos ha traído hasta aquí. 

Se trate de Agustín, Anselmo y de los monjes medievales, o de Pascal, Soren Kierkegaard y de los Reformadores, la idea de las responsabilidades humanas es una idea poderosa, aun cuando ha sido desarrollada temáticamente, en compartimentos, ora la fe, ora el honor, ora la verdad, ora el merito, no como eje, no centrípetamente impulsando una sola idea, sino carente de articulación, ya que se halla centrada en sus significados plurales. Para ellos, estas temáticas, fueron realismo patente, fundado en los misterios de la persona de Dios y en las interioridades de la persona humana. Es otra versión, homo homini longus, “el hombre es un anhelo para el hombre”.

En los autores mencionados, la práctica de la responsabilidad ha sido más fructífera que la elaboración teórica de la idea de la responsabilidad, en singular. ¿Es posible ser responsable sin una idea de la responsabilidad? Parece que este escollo se salva recordando el voluntarismo: en donde hay leyes, acuerdos, arreglos, normas que se cumplen sin esperar discusión, las responsabilidades en plural son posibles en virtud de la norma. Ese sustrato de normas, responsabilidades y moralidad trajinan la filosofía de Leopoldo Zea, el autor que discutimos a continuación.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Malas ideas que pesan sobre la conducta

1. La definición subjetiva del error: algo es malo sólo si me descubren; el mal lo determino yo. La corrupción es mala, sólo si yo no participo del negocio.

2. Preferir la prosperidad sin la productividad: “somos dos hermanos vivos, los otros tres trabajan”.

3. El fatalismo cívico, dice que del civismo se encarga Dios. Mientras los americanos tienen una visión cívica frente a lo religioso, Dios nos declara responsable de nuestras circunstancias. Los latinoamericanos tenemos una visión religiosa ante lo cívico: pedimos a Dios que de lo público se encargue él.

4. Cualquier sistema funciona, cuando las intenciones son buenas. Los movimientos de reforma social y política sugieren que hay sistemas malos y que hay otros mejores. Lutero se opuso a la Iglesia y al sistema jurídico sobre el que se asentaba, rechazó el derecho imperial y el derecho canónico.

5. La indiferencia a las responsabilidades locales. “No tenemos poder y no somos nadie”, y lo dice la mayoría. Los principales problemas que la sociedad tiene hoy se resuelven al nivel del poder local municipal: las pandillas, la inseguridad policial, el irrespeto al derecho ajeno.

6. La esperanza puesta en que los hombres buenos nos gobiernen. En donde los hombres gobiernan las leyes no gobiernan. Las leyes existen para hacer predecible la conducta, de otra manera impredecible, de los hombres.

7. El ímpetu de perfeccionar la sociedad a fuerza de leyes. Cuando las leyes se proponen resolver casos que pueden ser infinitos, terminan por intervenir en la vida diaria de ciudadanos que hacen cosas que por su naturaleza no son políticas: comprar, vender, crear, contratar etc., lo cual termina por favorecer a unos y entorpecer la libertad de otros, entonces los ciudadanos le juegan la vuelta a la ley. Esa decadencia de la ley es la principal explicación de la violencia, el abuso, la insensibilidad jurídica e indiferencia social.

8. Confundir consumismo con productividad y condenar a ambos. Se desdeña la productividad y se confunde con el consumismo; se explica el consumismo y el despilfarro como si fuese equivalente a “ciencias económicas.” La ética de trabajo es ética del manejo de medios que son escasos, y ello mismo nos es útil para servir a Dios en los fines últimos de la vida o ética de fines.

9. Despreciar la teoría cuando la parálisis se debe a no saber qué hacer. Éticamente debemos definir qué significa la libertad y la responsabilidad para entender qué nos corresponde hacer. Si hay buenos y malos sistemas no sólo se requiere que hagamos algo para cambiarlos, cualquier cosa, sino se requiere que hagamos lo que es correcto. Las ideas que nos conducen a hacer lo que es recto son el fundamento de una vida moral. Aclararnos cuales son esas ideas es importante, por eso dijo el Rev. John Stott “creer es también pensar.”

10. El poder y el plan central son signos de adelanto y progreso. En Latinoamérica existe un estilo de gobierno que se llama presidencialismo. La diferencia con países desarrollados en donde hay un presidente es que los poderes del presidente son limitados y controlados por otras instituciones. Los guatemaltecos pensamos que el Presidente es un súper hombre que tiene la capacidad e información para arreglarlo todo. Eso nos lleva a “pedir” al Presidente; a “esperar” que él haga, torne, vuelva y resuelva. Para la gente, él es un “monarca” de tiempos modernos. Es urgente poner el presidencialismo de cabeza, es decir, al servicio del pueblo y hacer valer la legislación que protege al ser humano.